Venezuela atraviesa un momento donde la política corre el riesgo de ser devorada por la inmediatez. En la era de la información instantánea, la formación política se enfrenta al desafío de no sucumbir a lo efímero. Como actores públicos, debemos preguntarnos si estamos construyendo un legado de ideas o si, por el contrario, nos estamos dejando arrastrar por una dinámica de formas sin fondo. Esta preocupación no es nueva; encuentra un espejo necesario en nuestra historia, específicamente en el 24 de enero de 1848.
Aquel día, la pugna entre el Poder Ejecutivo de José Tadeo Monagas y el Legislativo de mayoría conservadora derivó en un asalto violento al Congreso por parte de fuerzas leales al gobierno. El suceso, que dejó parlamentarios heridos y fallecidos como Santos Michelena, representó la claudicación de las instituciones ante la fuerza bruta y el personalismo, alterando el curso republicano del siglo XIX.
Este fenómeno de erosión institucional se manifiesta también en la conducta de quienes, carentes de convicción, saltan de una acera a otra según sople el viento del poder. Al igual que las piedras que aquel enero de 1848 rompieron los cristales del Congreso para forzar la entrada del autoritarismo, hoy vemos a tránsfugas y oportunistas que, tras haber traicionado principios y organizaciones, pretenden reingresar a la escena política como si el daño a la confianza pública no fuera permanente. Son esas mismas "piedras" las que, con su pragmatismo vacío, terminan por fracturar la transparencia que la sociedad exige y la seriedad que toda formación política requiere.
Aquel asalto al Congreso Nacional marcó un hito doloroso: la vulneración de la institucionalidad por la pasión del momento. En ese entonces, el debate de altura y la confrontación de modelos de país fueron desplazados por la fuerza. El resultado fue un vacío de contenido que debilitó el tejido republicano por décadas. Hoy, el riesgo no es necesariamente la violencia física, sino la "esterilidad del debate": una suerte de inercia donde la táctica electoral y la presencia en redes sociales desplazan la formación doctrinaria y el diseño de políticas públicas de largo aliento.
A menudo, la política contemporánea parece atrapada en lo que Francisco de Miranda llamó alguna vez "bochinche": un ruido constante que impide la escucha y la reflexión. Como servidores públicos, tenemos la responsabilidad de trascender esa superficie. No podemos permitir que la política se convierta en una cáscara vacía donde la lealtad sustituya al pensamiento crítico, o donde la consigna reemplace al programa.
El 1848 nos enseña que cuando la política pierde su centro intelectual y ético, las instituciones se debilitan. Por ello, el llamado hoy no es a la confrontación estéril, sino a una revalorización de la formación política. Es urgente que las nuevas generaciones de liderazgo retomen el estudio profundo de nuestra realidad social y económica, alejándose de la tentación de la política como mero espectáculo de masas.
Recuperar la gravedad y la profundidad en el ejercicio público es la única vía para evitar que nuestra historia sea un ciclo repetitivo de crisis. Debemos pasar del "bochinche" a la construcción; de la reacción a la propuesta. Solo así honraremos el compromiso con una nación que exige, más que nunca, una política con contenido, visión y, sobre todo, sentido de Estado.
Aldo Rojas Padilla.

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