Durante décadas, millones de estadounidenses tuvieron la incómoda sensación de que, sin importar a quién eligieran, ciertas políticas nunca cambiaban. Las guerras continuaban. El gasto federal se disparaba. Las agencias regulatorias crecían como tumores. Y los mismos rostros, los mismos apellidos, los mismas redes de poder, permanecían intactos, administración tras administración. No era paranoia. Era diagnóstico.
El Estado profundo existe. Y Trump fue el primer presidente en décadas con la voluntad política de enfrentarlo de frente.
Una burocracia que gobernó sin votos
El concepto de Estado profundo describe un cuerpo de personas —típicamente miembros influyentes de agencias de gobierno o militares— involucrados en maniobras secretas para manipular o controlar las políticas gubernamentales, operando de manera paralela al gobierno legítimamente elegido, muchas veces cometiendo actos de corrupción. No es una teoría de ciencia ficción. Es la descripción funcional de lo que ocurrió en Washington durante décadas de bipartidismo cómplice.
Cuando Trump llegó por primera vez a la Casa Blanca en 2017, encontró un aparato federal que resistía activamente sus políticas. Filtraciones selectivas a la prensa, obstrucción interna, funcionarios que preferían la lealtad a sus redes profesionales sobre su obligación constitucional con el ejecutivo electo. En su segundo mandato, decidió no tolerar más esa resistencia.
DOGE: La cirugía sin anestesia que el sistema necesitaba
La Casa Blanca declaró que el presidente Trump recibió "un mandato claro para eliminar el despilfarro, el fraude y el abuso del gobierno federal" y que se han recortado miles de millones de dólares de "programas ideologizados, derrochadores y politizados". Esta no es retórica política. Es la descripción de lo que el ciudadano promedio lleva décadas reclamando: un gobierno que trabaje para él, no para sus propias estructuras de perpetuación.
Las medidas de la administración Trump cumplen la promesa de reducir el tamaño del gobierno federal y erradicar el "estado profundo", término con el que Trump se refiere a los burócratas que considera desleales al mandato popular. Ningún presidente anterior se había atrevido a tocar ese nido de avispas con tanta determinación.
Los críticos lloran por los despidos de funcionarios federales. Pero nadie llora por los millones de contribuyentes que financiaron, durante décadas, agencias que les imponían regulaciones, les vigilaban y les ideologizaban a sus hijos en las escuelas públicas, todo sin rendir cuentas ante nadie.
La resistencia del sistema y sus cómplices mediáticos
La reacción ante las reformas de Trump ha sido predeciblemente histérica. Sus críticos afirman que ha "arrasado con el gobierno federal", mientras sus aliados sostienen que simplemente está utilizando todas las herramientas a su disposición para promulgar políticas que el pueblo estadounidense respaldó cuando lo devolvió a la Casa Blanca. Ahí está la clave: el pueblo lo eligió precisamente para esto.
Lo que el establishment llama "destrucción de instituciones" es, en realidad, la recuperación del poder para el ciudadano común. Cada inspector general que obstaculizaba la agenda electoral, cada agencia que filtraba información clasificada a periodistas afines, cada burócrata que boicoteaba en silencio las órdenes ejecutivas del presidente, representaba una fractura entre la voluntad popular y el ejercicio real del poder. Trump simplemente comenzó a cerrar esa brecha.
El precedente histórico: quien controla la burocracia, controla el país
La lección más profunda de estos años es que las elecciones, por sí solas, no bastan para cambiar un país cuando el aparato del Estado tiene vida propia. El Estado profundo puede operar a través de la burocracia en oposición a la agenda de los funcionarios electos, obstruyendo, resistiendo y subvirtiendo sus políticas. Eso es exactamente lo que ocurrió durante la primera administración Trump, y lo que este segundo mandato se propuso desmantelar de manera sistemática.
El experimento democrático no puede sostenerse cuando existe una clase permanente de poder que no responde al voto. La pregunta no es si Trump fue demasiado lejos. La pregunta correcta es: ¿por qué ningún presidente anterior tuvo el coraje de llegar hasta aquí?
Conclusión: La batalla que define una era
La lucha contra el Estado profundo no es una cruzada personal de Donald Trump. Es la batalla definitoria de nuestra época: la del ciudadano común contra las élites que secuestraron el gobierno para servirse a sí mismas. Podrán seguir llenando páginas de periódicos con advertencias sobre el "autoritarismo" y el "riesgo para la democracia". Pero mientras lo hacen, por primera vez en mucho tiempo, un presidente elegido por el pueblo está gobernando como si el pueblo importara.
Y eso, para quienes vivían cómodamente en las sombras, es el peor de los peligros.
Aldo Rojas Padilla.

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