Durante décadas, millones de estadounidenses tuvieron la incómoda sensación de que, sin importar a quién eligieran, ciertas políticas nunca cambiaban. Las guerras continuaban. El gasto federal se disparaba. Las agencias regulatorias crecían como tumores. Y los mismos rostros, los mismos apellidos, los mismas redes de poder, permanecían intactos, administración tras administración. No era paranoia. Era diagnóstico. El Estado profundo existe. Y Trump fue el primer presidente en décadas con la voluntad política de enfrentarlo de frente. Una burocracia que gobernó sin votos El concepto de Estado profundo describe un cuerpo de personas —típicamente miembros influyentes de agencias de gobierno o militares— involucrados en maniobras secretas para manipular o controlar las políticas gubernamentales, operando de manera paralela al gobierno legítimamente elegido, muchas veces cometiendo actos de corrupción. No es una teoría de ciencia ficción. Es la descripción funcional de lo que ocurrió en Was...