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El séptimo en diez años


Keir Starmer y la enfermedad que el Brexit no curó

Hay algo casi clásico en la forma en que los imperios se deshacen: no de golpe, sino por acumulación. Una derrota aquí, un escándalo allá, una deserción más, y un día el líder sale a la puerta de su residencia oficial, contiene las lágrimas frente a las cámaras y pronuncia la frase de siempre: "tomé cada decisión pensando en mi país". Keir Starmer la pronunció esta mañana del 22 de junio de 2026, frente al número 10 de Downing Street, y con eso se convirtió en el sexto primer ministro británico en abandonar el poder anticipadamente en una década. El séptimo si se cuenta al conjunto. Una estadística que, en cualquier otra democracia occidental, habría desatado una conversación seria sobre la salud del sistema. En el Reino Unido parece haberse convertido en rutina.

La ironía histórica es difícil de ignorar. Starmer llegó al poder en julio de 2024 con una de las mayorías parlamentarias más amplias de la historia reciente del país. No ganó por entusiasmo popular: ganó porque los conservadores se habían encargado de destruirse a sí mismos durante catorce años. El electorado no votó por Starmer; votó contra el caos. Y Starmer, consciente de eso, se propuso ser lo contrario: serio, técnico, confiable, institucional. El problema es que la seriedad sin proyecto político genuino no sostiene nada. Aquel laborismo moderado, postcorbynista, resultó demasiado tibio para una sociedad fracturada que exigía respuestas concretas a preguntas concretas: inflación, vivienda, servicios públicos al límite, desigualdad crónica entre el norte y el sur.

El laborismo perdió cerca de 1.500 concejales en las elecciones locales de mayo mientras Reform UK, el partido de Nigel Farage, recogía ese voto de protesta con una energía que Downing Street no supo leer ni frenar. A eso se sumaron los escándalos internos, comenzando por el caso Mandelson, cuya vinculación con Jeffrey Epstein desató una crisis que terminó costándole al gobierno a su jefe de Gabinete y a su director de comunicaciones en cuestión de semanas. El desgaste fue acumulativo, silencioso y finalmente irreversible.

El empujón definitivo lo dio Andy Burnham con su victoria en las elecciones parciales de Makerfield, que dejó al grupo parlamentario laborista sin argumentos para sostener a Starmer. Casi trescientos diputados respaldaron el cambio. Un parlamentario laborista lo resumió sin eufemismos: enfrentarle a Burnham era "como luchar contra la gravedad".

Burnham, apodado el "Rey del Norte", encarna algo que el laborismo londinense nunca terminó de procesar: que el partido no perdió a su electorado obrero porque este se hiciera de derecha, sino porque se sintió abandonado por quienes decían representarlo. Desde Manchester construyó una imagen de político capaz de hablar con el norte del país en su propio idioma, lejos de la burocracia de Westminster. Su candidatura llega cargada de esa promesa de reconexión, aunque sus propuestas nacionales concretas siguen siendo más sugeridas que definidas.

El momento no podría ser más incómodo en términos internacionales. La cumbre de la OTAN está fijada para el 7 y 8 de julio, y el Reino Unido llegará con un premier en funciones, en medio de una guerra en Ucrania donde Londres ha sido uno de los aliados más comprometidos con el apoyo militar a Kiev. Una jefatura de gobierno interina negociando posiciones de defensa es, como mínimo, una fuente de incertidumbre que ningún aliado europeo celebra. Desde Washington, Trump, que ya había adelantado públicamente que Starmer se iría y le deseó "lo mejor" antes del anuncio oficial, observa con la misma frialdad con que ha tratado cualquier tropiezo europeo: exige garantías de gasto militar sin ofrecer respaldo político a cambio.

Lo que queda de fondo, más allá del nombre del sucesor, es una pregunta que el Reino Unido evita formularse con claridad: ¿cuántos primeros ministros más necesita quemar antes de reconocer que el problema no es el líder de turno? David Cameron, Theresa May, Boris Johnson, Liz Truss, Rishi Sunak, Keir Starmer: seis en diez años, todos consumidos por las réplicas de una misma decisión que la sociedad británica sigue sin haber digerido del todo. El Brexit no fue la causa de todos los males, pero rompió algo en la arquitectura política del país que ningún primer ministro ha sabido reconstruir desde entonces.

Burnham puede ser mejor que Starmer. Probablemente lo sea. Tiene más carisma, más raíces populares, más lectura del momento. Pero heredará un partido dividido, un electorado desconfiado y una economía que no termina de recuperarse. El "Rey del Norte" tendrá que demostrar que su reino alcanza para gobernar todo un país. Y eso, en el Reino Unido de estos años, es mucho más difícil de lo que sugiere cualquier encuesta.

Aldo Rojas Padilla

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